El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —No creo que para eso necesite cambiar; ya ha obrado bastante la mano del todopoderoso en ese sentido —masculló el explorador, visiblemente molesto—. Cuando envÃan ustedes refuerzos para luchar en guerras de ultramar, ¿acaso no ven la necesidad de establecer de antemano los lugares de acampada, para que asà los que luchan a su lado puedan saber dónde y cuándo pueden encontrar a sus aliados?
—Escuche —le interrumpió Duncan—. Ya le ha oÃdo a este fiel guardián de las cautivas decir que los indios son de dos tribus diferentes, incluso pueden ser de naciones distintas. Con una de ellas, presumiblemente una rama de los delaware, está la que ustedes llaman «la de cabellos oscuros»; la otra dama, la más joven, está con el grupo formado por nuestros enemigos de siempre, los hurones. Por mi condición de hombre y soldado, he de intentar liberar a la segunda, o morir en el intento. Mientras tanto, ustedes pueden negociar la liberación de la otra hermana.
El renovado espÃritu del joven militar se notó en el brillo de sus ojos, además de sus ademanes aguerridos. Ojo de halcón, aún sabiendo los peligros que conllevarÃa el experimento, no supo oponerse a tan apasionado empeño.