El último de los Mohicanos

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Posiblemente hubiera algo en el descabellado plan que le agradaba, algo que se parecía a su propio amor por la aventura y el riesgo —elementos que ya formaban parte de su existencia y de los cuales había llegado incluso a disfrutar—. Así, en lugar de mostrarse contrario a la propuesta de Duncan, cambió su actitud de forma repentina, prestándose a colaborar.

—Vamos —le dijo, esbozando una sonrisa—; al ciervo hay que llevarlo al agua, no seguirlo hasta allí. Chingachgook tiene más pinturas de colores que las que usaba la esposa del oficial ingeniero para representar la naturaleza sobre trozos de papel, haciendo que las montañas pareciesen montones de heno rojizo, poniendo además el cielo azul al alcance de la mano. También el sagamore sabe utilizarlas. Siéntese sobre ese tronco; y por mi vida que puede convertirle en un auténtico bufón, como deseaba usted.

Duncan accedió; y el mohicano, que había escuchado la conversación muy atento, puso manos a la obra. Gracias a su larga experiencia en las sutiles prácticas artísticas de su raza, dibujó con gran destreza y rapidez la sombra fantástica que se consideraba como símbolo de jocosidad y buen humor entre los nativos. Se evitaban todas aquellas líneas que pudiesen interpretarse como inclinaciones belicosas, enfatizando, por otro lado, las formas propias de la amistad y la buena disposición.


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