El último de los Mohicanos

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En resumen, sacrificó todo atisbo de apariencia guerrera en favor de la imagen de un bufón. Este tipo de aspecto no era infrecuente entre los indios; y, dado que Duncan ya estaba suficientemente disfrazado con sus atuendos de soldado, podría pasar por un malabarista de Ticonderoga que frecuentaba la compañía de las tribus vecinas, en especial por su dominio del francés.

Cuando ya parecía suficiente la pintura que llevaba, el explorador le dio varios consejos amistosos, concertó un modo de hacer señales mutuas y le señaló el lugar en el que debieran encontrarse, caso de que la misión resultara exitosa. La despedida entre Munro y su joven amigo resultó más melancólica; con todo, el primero acabó aceptando la separación con un cierto grado de indiferencia que no era propio de su carácter afable y sincero, si no fuera porque sus ánimos se encontraban decaídos. El explorador guió a Heyward fuera de allí y le comunicó su intención de dejar al veterano a buen recaudo en algún campamento, bajo la protección de Chingachgook, mientras Uncas y él procedían a entrevistarse con aquellos que suponían eran de la estirpe delaware. Tras repetir sus consejos de prudencia, concluyó diciendo, con tal solemnidad y honradez de espíritu que Duncan se conmovió, lo siguiente:


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