El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Y que Dios le bendiga! Ha demostrado tener un espíritu al que admiro, ya que es el que acompaña al don de la juventud; aquel que se caracteriza por la bravura y el temperamento apasionado. Pero recuerde la advertencia de alguien que sabe que lo que predica es verdad. Tendrá ocasión de presumir de su hombría y de una sabiduría mayor que la que se encuentra en los libros, en cuanto supere en astucia o en valor a un mingo. ¡Que Dios le bendiga! Si los hurones se hacen con su cabellera, cuente con el juramento de alguien que lucha con dos guerreros a su lado. Tenga por seguro que lo pagarán muy caro; a razón de una vida por cada pelo. Le repito, joven caballero: que la Divina Providencia bendiga su causa, ya que es buena; y recuerde que, para vencer a esos bribones es justo que ponga en práctica ciertos actos que pueden parecer impropios de un hombre blanco.
Duncan estrechó la mano de su experimentado e inconformista interlocutor, de nuevo recomendó a su veterano compañero que se cuidase y, deseando también lo mejor para todos, le hizo una señal a David para que le guiara. Ojo de halcón se quedó mirando al atrevido y arrogante joven durante un instante, mostrando abiertamente su admiración por él; luego, se volvió, agitando su cabeza en señal de duda, mientras él y los de su propio grupo se introdujeron en el bosque.