El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos La ruta tomada por Duncan y David se encontraba al otro lado del pozo de los castores, bordeando el margen del mismo.
Cuando el primero de los dos se encontró a solas con un compañero tan simple, así como tan incapacitado para enfrentarse a una situación de emergencia, se dio cuenta entonces de la difícil tarea que había asumido. El crepúsculo hacía que la tenebrosidad de la ya misteriosa naturaleza circundante se incrementara; incluso dotaba de unas características inquietantes a las chozas que había divisado antes, las cuales parecían tan vacías y, a la vez, tan vivas. Se le ocurrió, mientras admiraba tanto la estructura de las viviendas como la prudencia y sagacidad de sus inquilinos, que incluso las primitivas gentes de esos parajes indómitos estaban dotados de un instinto tan formidable como la capacidad racional que él mismo poseía. Esto le hizo reflexionar con preocupación sobre la desigual contienda que pretendía librar de modo tan impulsivo y apresurado. Entonces le vino al pensamiento la bella imagen de Alice, sus apuros, los peligros en los que pudiera encontrarse; y atrás quedaron todos los temores de su situación. Animándole a David, siguió su camino con paso ligero y decidido, como era propio de su juventud y talante emprendedor.