El último de los Mohicanos

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Mientras decía esto, volvió la vista y se dispuso a marcharse a través del conducto por el cual había entrado Duncan. De pronto, oyó un rugido y se quedó inmóvil. La forma inmensa del oso sentado ocupó el umbral de la puerta; el animal se mostraba inquieto, balanceándose de un lado para otro. Magua, al igual que el padre de la mujer enferma, lo miró atentamente por un instante, como si quisiera asegurarse de sus intenciones. No creía en las vulgares supersticiones de su tribu, así que reconoció inmediatamente el disfraz del hechicero y se acercó para pasar a su lado con suma indiferencia. Sin embargo, un gruñido más fuerte y amenazante le hizo desistir de nuevo. Agotada ya su paciencia, se propuso seguir adelante con total resolución.

El falso animal, que se había adelantado un poco, se retiró de nuevo hasta volver a bloquear la salida y, adoptando una postura erecta, comenzó a batir el aire con sus garras del mismo modo en que lo haría el auténtico.

—¡Idiota! —gritó el jefe en la lengua de los hurones—. Vete a jugar con los niños y las mujeres y deja que los hombres hagan su trabajo.



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