El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡No es posible! —le dijo Duncan—. Está presa del miedo y serÃa un blanco fácil. Alice, querida, reacciona; es hora de irse. ¿Lo ve? ¡Es inútil! Nos oye, pero es incapaz de seguirnos. ¡Vaya usted, mi noble y valeroso amigo; sálvese y deje que yo me enfrente al destino!
—¡Todos los caminos tienen su fin, y toda calamidad nos enseña algo! —le contestó el explorador—. Tenga, envuélvala en estas telas indias. Asà la disfrazaremos. Pero su pequeño pie la puede delatar al dejar huellas, sin duda. Cójala en brazos y sÃgame. ConfÃe en mÃ.
Duncan, como cabe esperar a raÃz de las palabras de su compañero, obedeció sin rechistar; y aún no habÃa terminado de hablar el otro cuando ya llevaba a Alice en sus brazos y se disponÃa a seguir al explorador. Se encontraron con la mujer enferma tal y como la habÃan dejado, sola, y siguieron de largo rápidamente por toda la galerÃa cavernosa hasta la entrada de la misma. A medida que se acercaban a la pequeña puerta hecha de corteza de árbol, oyeron murmullos de voces desde el otro lado que daban a entender que los familiares y las amistades de la inválida estaban reunidos en aquel lugar, esperando pacientemente a que se les convocara.