El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Si abro la boca para hablar —susurró Ojo de halcón—, y utilizo el inglés, sin duda los bellacos considerarÃan que se encuentra un enemigo blanco entre ellos. Debe usted dirigirse a ellos, comandante; dÃgales que hemos aislado al espÃritu maligno en la cueva y ahora llevamos a la mujer hacia el bosque para procurarle hierbas medicinales. Utilice toda su astucia para engañarles, ya que en este caso cualquier método es lÃcito.
La puerta se abrió levemente, como si alguno de los de fuera estuviese a la escucha de lo que acontecÃa dentro, haciendo que el explorador cesara inmediatamente de dar instrucciones. Un feroz gruñido hizo desistir al intruso, y a continuación el explorador salió apresuradamente por el hueco, emulando el comportamiento del oso en su deambular. Duncan le siguió muy de cerca, encontrándose pronto en medio de una multitud formada por veinte parientes y amigos de la enferma.
El grupo retrocedió cierta distancia, permitiendo que se aproximaran el padre de la mujer, asà como otro individuo que parecÃa ser el marido de la misma.
—¿Ha conseguido mi hermano espantar al mal espÃritu? —preguntó el primero de ellos—. ¿Qué es lo que lleva en brazos?