El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Es tu hija —contestó Duncan con gravedad—. La enfermedad ya no está en ella, sino encerrada en las rocas. Llevo a esta mujer lejos de aquÃ, a un lugar en el que la fortaleceré contra cualquier recaÃda. Estará de nuevo en la tienda del joven guerrero cuando vuelva a salir el sol.
Cuando el padre tradujo el significado de las palabras del desconocido al idioma hurón, un murmullo reprimido se esparció por todo el grupo, dando a entender su satisfacción respecto al asunto. El jefe incluso le hizo una señal a Duncan para que continuara, mientras declaraba en voz alta y firmemente convencido:
—Siga adelante. Yo soy un hombre, y entraré a la cueva para luchar con el maligno.
Heyward accedió con gusto, pero cuando ya habÃa dejado atrás al pequeño grupo, se le ocurrieron repentinamente las siguientes palabras:
—¿Acaso mi hermano está loco? —exclamó—. ¿Es tan imprudente como cruel? Se enfrentará a la enfermedad y ésta se apoderará de él, o también puede obligarla a que salga y persiga de nuevo a su hija hasta el bosque. No; mis fieles deben permanecer fuera y si aparece el espÃritu, deben derribarle con sus porras. Es astuto y se quedará en la montaña cuando vea cuántos están dispuestos a pelear con él.