El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Ojo de halcón, a la vez que había presumido conocer tanto acerca de las supersticiones indias, también estaba al tanto de que los jefes dejaban que sus subordinados las cultivaran, pero no las practicaban ni creían mucho en ellas. Sabía bien que el tiempo era el elemento más valioso para ellos en aquel momento. Independientemente de lo ilusos o engañados que pudieran estar sus enemigos, así como lo mucho o poco que esto contribuyera al éxito de sus argucias, la más mínima sospecha que pueda despertarse en el ánimo voluble de un indio podría resultar fatal. Por lo tanto, tomando el camino que juzgaba menos susceptible de estar vigilado, dio un rodeo por el extrarradio del poblado en vez de dirigirse a la entrada del mismo. Los guerreros aún se podían ver desplazándose de una choza a la otra, gracias a la tímida luz que todavía emitían las hogueras, pero los niños ya habían dejado sus juegos para irse a dormir en sus camas hechas de pieles. La quietud de la noche ya comenzaba a extender sus dominios sobre los violentos acontecimientos y la exaltación que se vivieron durante ese turbulento atardecer.
Alice recobró fuerzas gracias a los efectos renovadores del fresco aire nocturno; y como su debilidad era más bien física que psicológica, no requirió explicación ninguna acerca de lo ocurrido.