El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—Sí, muchacho, es verdad lo que dices; y no pongo en duda que de una sola pasada dejarías atrás a toda la nación, para recorrer dos millas en línea recta y encontrarte con los del otro poblado antes de que ninguno de estos bribones se diera ni cuenta. Pero las dotes de un hombre blanco están más en sus brazos que en sus piernas. En lo que a mí respecta, puedo dejar fuera de combate al mejor de ellos, pero en cuanto a lo de correr, cualquiera de los bellacos podría darme alcance.

Uncas, que ya se había aproximado a la puerta y estaba preparado para abrir el camino, se echó atrás ante esto, volviendo a colocarse al fondo de la vivienda. No obstante, Ojo de halcón se encontraba tan embebido en sus pensamientos que no se percató de tal movimiento y siguió meditando en voz alta.

—Al fin y al cabo —dijo—, no es razonable limitar las dotes de un hombre por culpa de las de otro. Por lo tanto, Uncas, será mejor que tú te lances mientras yo me vuelvo a poner la piel de oso, confiando más en la astucia que en la velocidad.

El joven mohicano no dio respuesta alguna, sino que se cruzó de brazos en silencio y se reclinó contra uno de los postes que sujetaban la pared de la choza.

—¿Y bien? —preguntó el explorador, mirando hacia él—. ¿Por qué vacilas? Tendré tiempo de sobra para escapar, ya que los bellacos te perseguirán a ti primero.


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