El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Ahora, amigo —le dijo Ojo de halcón a David—, un cambio de vestimenta le vendrá bien, sobre todo con lo poco acostumbrado que debe estar a los imprevistos del bosque. Tenga, póngase mi camisa y mi gorra de cazador, y déme su sombrero y su manta. Debe prestarme también sus anteojos junto al libro, asà como el silbato; si nos volvemos a encontrar, en un momento mejor que éste, se lo devolveré todo y le daré además las gracias por ello.
David se separó de todas las pertenencias mencionadas con tal disposición que podrÃa considerársele generoso, si no fuera porque de ello dependÃa también su propia seguridad. Ojo de halcón no tardó en ponerse las vestimentas prestadas, y en cuanto sus inquietos ojos estuvieron protegidos por las lentes, su cabeza cubierta por el sombrero de castor de tres picos, se le podrÃa confundir con el cantante en la oscuridad de la noche, dado que sus estaturas eran similares. Nada más terminar de prepararse, el explorador se dirigió a David para darle las instrucciones finales.
—¿Se deja usted llevar por la cobardÃa? —preguntó de modo directo y sin tapujos, para saber a qué atenerse antes de hacer ninguna sugerencia.