El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Mis objetivos son pacÃficos, y mi temperamento, reconozco humildemente, tiende más hacia la misericordia y la fraternidad —con-testó David, un tanto molesto ante este cuestionamiento de su hombrÃa—; pero nadie puede decir que yo haya perdido nunca mi fe en el Señor, incluso en los momentos más crÃticos.
—El mayor peligro lo pasará cuando los salvajes se den cuenta de que han sido engañados. Si en ese momento no le golpean en la cabeza, su condición de persona que no está en sus cabales le seguirá protegiendo; y seguramente podrá aspirar a morir de meto. Si se queda, debe permanecer aquà en la sombra y ocupar el lugar de Uncas, hasta que los indios se den cuenta del cambio; entonces, como ya le he dicho, se sabrá qué suerte correrá usted. De modo que escoja usted mismo: salir corriendo, o esperar aquÃ.
—Incluso asà —dijo David con firmeza—, me pondré en el lugar del delaware. Con valor y entereza ha luchado él a mi favor, ¿qué menos podrÃa hacer yo para ayudarle?