El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Acaba de hablar usted como un hombre, y sin duda de haber recibido las enseñanzas apropiadas, su vida habrÃa dado, sin duda, mejores frutos. Agache la cabeza y encoja las piernas, ya que sus formas pueden delatarle antes de tiempo. Manténgase en silencio todo el tiempo que pueda; y cuando tenga que hablar será mejor que rompa a cantar repentinamente con uno de sus himnos, lo cual les recordará a los indios que no es usted tan responsable de sus actos como lo pueden ser los demás hombres. Si, por otra parte, le arrancan la cabellera, cosa que no creo probable, ni Uncas ni yo renunciaremos a vengar tal acción, como es propio entre guerreros y amigos verdaderos.
—¡Espere! —dijo David, percibiendo que tras este juramento ya se iban—. Soy el humilde discÃpulo de Aquel que no predicaba la mala costumbre de la venganza. Por lo tanto, no busquen vÃctimas en honor a mi cabello, sino mejor perdonen a mis asesinos; ténganles presentes, en todo caso, en sus oraciones con el fin de que la verdad les ilumine y consigan la salvación eterna.
El explorador se detuvo un instante, en aparente actitud meditabunda.