El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Justo cuando Ojo de halcón se encontró bajo la mirada de los hurones, echó su cuerpo hacia atrás de la misma forma en que lo hacía David, levantó su brazo para dirigir la melodía y comenzó a imitar el canto de un salmo. Por suerte los oídos a quienes iba dirigido el cántico no entendían de música ni distinguían una voz entrenada de otra que no lo era; de lo contrario el engaño habría sido descubierto. Fue necesario pasar junto a los oscuros salvajes, a una distancia ciertamente peligrosa del grupo, y la voz del explorador elevaba más su tono a medida que se aproximaban. Cuando más cerca estaban, el hurón que hablaba inglés extendió su brazo para detener el avance del supuesto maestro de canto.
—¡El perro delaware! —dijo mientras se inclinaba hacia adelante, intentando discernir el gesto del otro—. ¿Ya tiene miedo? ¿Escucharán los hurones sus quejidos?