El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Ni Duncan ni el explorador dieron respuesta. El primero de ellos, no obstante, miró a toda la asamblea, que se mostraba callada y seria, dando un paso atrás cuando vio el maligno semblante de Magua. Inmediatamente se dio cuenta de que el astuto salvaje tenÃa algo que ver con la presentación a la que estaban siendo sometidos ante la asamblea, disponiéndose a hacer todo lo posible para que no se cumplieran los oscuros objetivos que perseguÃa. Ya habÃa sido testigo de la pena capital impuesta por los rodios, temiendo ahora que su compañero pudiera ser vÃctima del mismo procedimiento. Ante este dilema y sin tiempo para reflexionar, decidió encubrir a su valeroso amigo, poniendo en peligro su propia vida. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, la pregunta se repitió en un tono todavÃa más alto y más claro.
—¡Dadnos armas! —respondió el joven soldado, desafiante—. ¡Dejadnos en el bosque y nuestra destreza hablará por nosotros!
—¡He aquà al guerrero cuyo nombre no hemos dejado de oÃr! —contestó el jefe, mirándole a Heyward con ese interés tan propio de quien ve por primera vez a alguien cuya notoriedad, bien por méritos, virtudes, fechorÃas o sencillamente por haberle sonreÃdo la suerte, alcanza las cotas más asombrosas—. ¿Qué busca el hombre blanco en el campamento de los delaware?
Cubrir mis necesidades. Busco comida, refugio y amistad.