El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Los ojos del anciano se abrieron esforzadamente, y de nuevo miró hacia la multitud. A medida que las súplicas de la muchacha llenaban sus oídos, dirigió su mirada sobre su persona y permaneció así, contemplándola con serenidad. Cora se había puesto de rodillas y con las manos en actitud rogante, colocadas sobre su corazón. Su imagen era de una tierna belleza femenina, mirando hacia el desgastado, aunque majestuoso, rostro con una reverencia casi religiosa. Los rasgos de Tamenund cambiaron progresivamente, perdiendo su indiferencia y ganando un aspecto lleno de admiración, mientras se discernía una porción de aquella inteligencia que, un siglo antes, supo comunicar su ardor guerrero a los delaware. Levantándose sin ayuda alguna, y aparentemente sin esfuerzo, habló en una voz tan alta que sorprendió a los oyentes por su firmeza:
—¿Qué eres?
—Una mujer, una que pertenece a una raza odiada o, si prefieres, una yengee; pero nunca te he hecho ningún daño, ni podría dañar a los tuyos conscientemente. Tan sólo pido socorro.
—Decidme, hijos míos —prosiguió el patriarca con acritud, dirigiéndose a los que tenía a su alrededor, aunque su mirada la tenía fija sobre la arrodillada figura de Cora—. ¿Dónde han acampado los delaware?
—En las montañas de los iroqueses, más allá de las fuentes claras del Horicano.