El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Han sido muchos los ardientes veranos que han pasado —continuó diciendo el jefe—, desde que bebà por última vez agua de mis propios rÃos. Los hijos de Miquon[32] son los hombres blancos más justos; pero tenÃan mucha sed y se la quedaron toda para ellos. ¿Nos han seguido hasta aquÃ?
—No perseguimos a nadie, ni envidiamos nada —le contestó Cora—. Hemos sido traÃdos ante vosotros contra nuestra voluntad, como cautivos, y sólo pedimos permiso para marchamos en paz a nuestros hogares. ¿Acaso no eres tú Tamenund, el padre, el juez, si no el profeta, de este pueblo?
—Soy Tamenund de los muchos dÃas.
—Hace ahora unos siete años que uno de los tuyos se encontraba a merced de un jefe blanco en las fronteras de esta provincia. Dijo ser de la estirpe del justo y bondadoso Tamenund. «Vete», le dijo el hombre blanco, «por la gracia de tu padre eres libre». ¿No te acuerdas del nombre de ese guerrero inglés?
—Recuerdo cuando yo era un niño sonriente —contestó el patriarca, haciendo uso de su extensa memoria—, y vi desde las arenas de la costa cómo una gran canoa, con alas más blancas que las de un cisne y más grandes que las de un águila, surgÃa del sol naciente…