El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —No, no; no me refiero a un tiempo tan lejano, sino a un favor concedido por un familiar mÃo a uno de los tuyos; algo que recordarÃa el más joven de tus guerreros.
—¿SerÃa cuando los yengeese y los holandeses lucharon por el dominio de las tierras de caza de los delaware? Entonces Tamenund era jefe, y por primera vez cambió el arco por la estaca de trueno de los rostros pálidos…
—Ni siquiera entonces —le interrumpió Cora—; eso fine hace mucho. Yo te hablo de algo que ocurrió ayer, como quien dice. Seguro, seguro que no lo has olvidado.
—Parece que fine ayer —prosiguió el anciano, con cierto patetismo melancólico—, que los hijos de los lenape eran los amos del mundo. Los peces del lago salado, las aves, los animales y los mengwe de los bosques los consideraban sagamores.
Cora agachó la cabeza, decepcionada, soportando por un instante el sentimiento de desesperación que la invadÃa. A continuación elevó su espléndido rostro, y mostrando toda la intensidad de su mirada siguió hablando, aunque con una voz tan debilitada como la del propio patriarca, abrumada por la congoja:
—Dime, ¿tiene hijos Tamenund?