El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Una leve señal de aprobación se oyó entre los guerreros, quienes se miraban los unos a los otros con gestos de haberse dado cuenta de su error.
—¿Dónde está el hurón? —preguntó Tamenund con exigencia—. ¿Es que me ha tapado los oídos?
Magua, cuyos sentimientos ante el triunfo de Uncas pueden mejor imaginarse que describirse, contestó a la llamada poniéndose delante del patriarca con firmeza.
—El justo Tamenund —le dijo—, no se quedará con lo que le ha prestado un hurón.
—Dime, hijo de mi hermano —preguntó el jefe, mientras evitaba el rostro oscuro de Le Subtil y se dirigía con más agrado hacia los rasgos más nobles de Uncas—. ¿El desconocido tiene algún derecho de conquista sobre ti?
—Ninguno. La pantera puede verse entre redes tejidas por mujeres, pero es fuerte y sabe cómo salir de las mismas.
—¿La Longue Carabine?
—Se ríe de los mingos. Ve, hurón, y pregúntale a las mujeres de tu tribu de qué color es un oso.
—¿El desconocido y la dama que llegaron a mi campamento juntos?
—Deben proseguir su camino sin ser molestados.
—¿Y la mujer que el hurón dejó con mis guerreros?
Uncas no dio respuesta.