El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—¿Y la mujer que el mingo ha traído a mi campamento? —repitió Tamenund con gravedad.

—Ella es mía —decía Magua, mientras agitaba su puño ante Uncas en señal de triunfo—; mohicano, sabes bien que ella es mía.

—Mi hijo se calla observó Tamenund, tratando de entender la actitud del joven mientras éste ocultaba la expresión de tristeza de su rostro.

—Es verdad —contestó en voz baja.

Tras una corta e inquietante pausa, durante la cual se percibía la reticencia con la que la multitud había acogido los derechos reclamados por el mingo, el patriarca se pronunció al respecto, ya que la decisión final recaía sobre su juicio personal:

—Hurón, vete.

—¿Con las manos vacías, honorable y justo Tamenund? —preguntó el astuto Magua—; ¿o llenas de la nobleza de los delaware? La casa de Le Renard Subtil está vacía. Reconócele lo suyo.

El anciano se quedó pensativo; luego, tras inclinar la cabeza hacia uno de sus venerables compañeros, preguntó:

—¿Oyen bien mis oídos?

—Es la verdad.

—¿Acaso este mingo es un jefe?

—El principal de su nación.


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