El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Mujer, ¿qué más quieres? Un gran guerrero te toma por esposa. Ve con él; tu estirpe no finalizará contigo.
—¡SerÃa mil veces mejor que asà fuera, antes de someterse a semejante degradación! —exclamó Cora, horrorizada.
—Hurón, los pensamientos de la muchacha están puestos en la casa de sus padres. Una esposa poco dispuesta trae la infelicidad al hogar.
—Ella habla como lo hacen los suyos —contestó Magua, mirándola con una especie de amargura irónica—. Proviene de una raza de comerciantes y estarÃa dispuesta a regatear por cualquier cosa. Que Tamenund reconozca mis derechos.
—Llévate los regalos que trajiste, junto con nuestra consideración.
—Me corresponde todo aquello que traje hasta aquÃ.
—Entonces llévate lo tuyo. El gran Manittou prohÃbe que un delaware sea injusto.
Magua dio un paso hacia adelante y tomó con fuerza a su cautiva por el brazo, mientras los delaware permanecieron en sus puestos. Cora, por su parte, como si estuviese convencida de que era inútil oponerse, se mostró resignada ante su destino y no se resistió.