El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Que un jefe no pierda el tiempo en volverse atrás sobre lo que ha dicho es tan correcto como razonable —dijo Ojo de halcón, indicándole a Duncan que se callara—; pero también resulta prudente que todo guerrero se lo piense bien antes de matar a un prisionero con su tomahawk. Hurón, no te deseo ningún bien; ni puedo decir que ningún mingo haya recibido favor alguno de mi parte. Es justo reconocer que, si esta guerra no concluye pronto, muchos más de tus guerreros se cruzarán conmigo en el bosque. Decide, pues, si prefieres llevar a una prisionera a tu campamento, o una amenaza como yo; alguien que a tu nación le encantarÃa tener desarmado y en su poder.
—¿Dará el «Fusil Largo» su vida por la mujer? —preguntó Magua vacilante, ya habiéndose puesto en marcha con su vÃctima.
—No, no; eso no es lo que he dicho —contestó Ojo de halcón, poniéndose en guardia ante la avidez con la que Magua se interesó por la propuesta—. No serÃa propio que un guerrero en todo su apogeo vital se entregara a la muerte sin luchar, ni siquiera por la mejor mujer de la frontera. Te propongo que me retire ahora a mi refugio de invierno, con seis semanas de adelanto, a condición de que dejes libre a la dama.
Magua dijo que no con la cabeza, e instó a la multitud a que le abriera paso.