El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—Las órdenes deben cumplirse, tarde o temprano —continuó Ojo de halcón, volviendo su triste y apesadumbrado rostro hacia Uncas—. ¡El bribón sabe que tiene ventaja y mantendrá su postura! ¡Que Dios te bendiga, muchacho! Has encontrado amigos de tu estirpe natural, y espero que te sean tan leales como alguno que has tratado pero que no tenía sangre india. En cuanto a mí, tarde o temprano tenía que morir; y es una suerte que pocos tendrán que llorar mi ausencia. Al fin y al cabo, es muy probable que los indeseables se habrían ganado finalmente mi cabellera, de modo que un día o dos de diferencia no tiene importancia frente a la eternidad. ¡Que Dios te bendiga! —añadió el rudo hombre del bosque, apartando su cabeza a un lado y volviéndola de nuevo con sinceridad hacia el joven—. Os aprecio tanto a ti como a tu padre, Uncas, a pesar de que no somos exactamente del mismo color, y de que nuestras habilidades sean diferentes. Dile al sagamore que nunca le perdí de vista ni en los momentos de mayor peligro; y en cuanto a ti, piensa en mí alguna vez cuando des con un rastro afortunado; y ten por seguro, muchacho, que aunque haya un paraíso o dos, tiene que haber un camino en el otro mundo en el que se vuelvan a encontrar los hombres honrados. Encontrarás el fusil en el lugar donde lo escondimos; tómalo y quédatelo en recuerdo mío; y por último, amigo, dado que tu naturaleza no te niega el uso de la venganza, utilízala en cierta medida contra los mingos; puede hacer que te sientas mejor ante mi pérdida, y te calmará el espíritu. Hurón, acepto tu sugerencia. Suelta a la mujer. Soy tu prisionero.


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