El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Soy tu prisionera, y tendré que seguirte hasta la muerte si no me queda más remedio; pero la violencia es innecesaria —le dijo con frialdad. A continuación se dirigió a Ojo de halcón y añadió—. Generoso cazador, le doy las gracias de todo corazón. Su oferta ha sido en vano, mas tampoco la habrÃa podido permitir; no obstante, aún puede hacer-me un favor más grande que el de su noble intención. ¡Mire esa pobre y asustada niña! No la abandone hasta dejarla en algún lugar en el que habiten hombres civilizados. No le diré —continuó mientras le cogÃa fuertemente de la mano—, que su padre le recompensará, ya que los que son como usted están por encima de toda recompensa terrenal, pero sà que le dará las gracias y su bendición. Créame, la bendición de un hombre justo y anciano está bien vista a los ojos del Cielo. ¡Dios sabe cuánto quisiera oÃr una de ellas de su boca en este terrible momento! —su voz se ahogaba de emoción, y se quedó callada por un instante; luego se acercó a Duncan, quien sostenÃa a su desvanecida hermana. Continuó hablando, aunque utilizando un tono más suave, si bien se percibÃan en él los sentimientos propios de su género, los cuales mantenÃan una feroz lucha contra sus costumbres y las enseñanzas recibidas—. No es necesario decirte que cuides del tesoro que tienes. Tú la amas, Heyward; y eso perdonarÃa mil faltas en ella, si las tuviera. Es amable, gentil y tan bondadosa como puede permitirle su condición mortal. No sufre defecto fÃsico ni mental; y ni el más orgulloso de los hombres podrÃa rechazarla. Es bella, ¡oh, cuán bella es! —decÃa mientras pasaba su mano, también bella pero menos blanca, por la frente de porcelana de Alice, apartando con melancólica delicadeza los dorados cabellos que la cubrÃan—; ¡y su alma es tan limpia y pura como su piel! PodrÃa incluso decir más, pero me ahorraré el sufrimiento, y a ti también te libraré del mismo… —su voz se hizo inaudible, mientras se inclinaba sobre su hermana. Tras darle un largo y cálido beso, se levantó; y con las facciones marcadas por el color de la muerte, aunque sin derramar una sola lágrima, se volvió hacia el salvaje y se dirigió a él con toda su dignidad—. Ahora, señor, si a usted le place, le seguiré.