El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —SÃ, vete —dijo Duncan, dejando a Alice en brazos de una muchacha india—; vete, Magua, vete. Estos delaware tienen sus leyes y no pueden detenerte; pero yo… Yo no tengo tales limitaciones. Vete, monstruo maligno. ¿Por qué te quedas?
SerÃa difÃcil describir la expresión de Magua ante esta amenaza de seguir adelante. Hubo en un primer momento un gesto de júbilo, para luego tomarse en una mirada de frialdad calculadora.
—Los bosques están abiertos —se limitó a contestar—; el «Mano tendida» puede venir cuando quiera.
—¡Espere! —le gritó Ojo de halcón a Duncan, cogiéndole por el brazo con fuerza, impidiendo que le siguiera—. No sabe usted lo tramposos que son estos indeseables. Le llevarÃa hasta una emboscada, y a una muerte segura.
—Hurón —intervino Uncas, quien, sometiéndose a las costumbres de su gente, se habÃa limitado a escuchar y presenciar todo lo que acontecÃa—. Hurón, la justicia de los delaware proviene del Manittou. Mira hacia el sol. Ahora se encuentra en las ramas altas de la cicuta. Tu camino es corto y está abierto. Cuando el sol se eleve por encima de los árboles, habrá hombres siguiéndote el rastro.