El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Ansioso de llevar a buen término la persecución, Uncas se adelantó casi a solas; y en cuanto detectó la presencia de Le Subtil, todo lo demás careció de importancia para él. Dando el correspondiente grito de guerra, reunió a unos seis o siete guerreros, y a pesar de que aún eran pocos para enfrentarse al enemigo, corrieron hacia adelante. Le Renard, atento en todo momento a esta maniobra, le aguardaba con disimulada alegría. La imprudente temeridad del joven mohicano podría haber supuesto una fácil victoria para el hurón, de no ser por la aparición repentina en la escena, tras otro grito, de La Longue Carabine seguido de sus compañeros de raza blanca. Ante esto, el hurón se volvió rápidamente para continuar su retirada, ascendiendo la pendiente.
No había tiempo para saludarse ni congratularse; ya que Uncas, sin reparar en la presencia de sus amigos, continuó la persecución a la velocidad del rayo. Las llamadas de Ojo de halcón para que se pusiera a cubierto fueron en vano; el joven desafió al peligroso fuego enemigo, obligando a que sus contrincantes pusieran más énfasis en su huida. Afortunadamente, no fue una carrera de mucha distancia, y los hombres blancos se encontraban bastante adelantados, ya que de otro modo, el delaware les habría pasado de largo, cayendo víctima de su propia impulsividad. No obstante, la fortuna quiso que los perseguidores y los perseguidos entrasen en el poblado de los wyandotes, con muy poca distancia entre sí.