La carretera
La carretera —¿Por qué no lo ayudamos? —preguntó el niño. El hombre negó con la cabeza. —No podemos arriesgarnos. El niño insistió, su voz firme por primera vez en dÃas. —Pero podrÃa ser bueno. Como nosotros.
El hombre lo miró, con el peso de las decisiones grabado en su rostro. Finalmente, revolvió el saco y encontró algo: un cuchillo oxidado y una lata de comida cerrada. Era un tesoro en este mundo muerto, pero también un recordatorio de lo que la supervivencia exigÃa.
—Comeremos esta noche —dijo el hombre, guardando la lata.
El niño lo miró sin comprender, con los ojos cargados de una inocencia que el mundo no habÃa logrado borrar. Esa noche, mientras compartÃan la comida, el hombre sintió el filo de la culpa. ¿Hasta cuándo podrÃa enseñarle al niño que ser bueno era suficiente, cuando la bondad no llenaba el estómago?
DÃas después, las sombras regresaron. Estaban en un bosque seco cuando oyeron pasos múltiples. Un grupo, no uno. Los hombres hablaban entre ellos, sus voces ásperas, llenas de intenciones que no requerÃan palabras.
El hombre arrastró al niño hacia un claro. —Escóndete aquÃ. No salgas hasta que yo vuelva. —¡No me dejes! —¡Haz lo que te digo!