La carretera
La carretera Una noche, mientras descansaban bajo un puente derruido, oyeron pasos. No eran imaginaciones: habÃa alguien más allÃ, moviéndose con torpeza en la penumbra. El hombre cubrió la boca del niño con una mano temblorosa, su otra mano aferrando la pistola.
—¿Qué hacemos? —susurró el niño, casi inaudible. —No te muevas.
La figura se detuvo cerca del puente, iluminada apenas por la tenue luz de una luna oculta. Era un hombre encorvado, con ropa que colgaba de su cuerpo como si hubiera adelgazado hasta casi desaparecer. En su mano llevaba un palo largo, y cada tanto giraba la cabeza, como si esperara algo.
El hombre contuvo la respiración. Si los descubrÃan, solo habÃa dos balas. Dos decisiones. Pero el extraño siguió adelante, sus pasos desvaneciéndose en la distancia.
Al dÃa siguiente, encontraron las huellas del extraño en la ceniza. Eran erráticas, como si el hombre hubiera estado tambaleándose. A pesar del peligro, siguieron las marcas, hasta que encontraron lo que quedaba de un campamento improvisado. HabÃa un fuego apagado, un saco raÃdo, y una pequeña olla vacÃa.