La carretera
La carretera El hombre lo miró, sorprendido por la pregunta. —No sé. El anciano soltó una carcajada amarga, que se transformó rápidamente en una tos. —Dios no existe. O si existió, nos olvidó hace mucho. Nosotros somos sus profetas, vagando por un mundo muerto.
El niño miró al anciano, luego a su padre. —¿Papá? El hombre colocó una mano sobre el hombro del niño y respondió, con la voz cargada de algo más profundo que las palabras. —Mi hijo es mi Dios.
El anciano quedó en silencio, sus ojos fijos en el fuego. No dijo nada más sobre el tema, y la conversación se desvaneció en el crepitar de las llamas.
Cuando la comida terminó, el hombre ayudó al anciano a recostarse junto al fuego. Esa noche, mientras el niño dormía acurrucado contra él, el hombre pensó en sus propias palabras. Era cierto: su hijo no era solo su razón para vivir, era el único reflejo de algo puro en un mundo corrupto.
A la mañana siguiente, el anciano ya no estaba. Se había marchado en silencio, dejando apenas sus huellas en la ceniza. El hombre y el niño reanudaron su marcha, llevando con ellos no solo la carga de su supervivencia, sino también la de las preguntas sin respuesta que la carretera dejaba a su paso.