La carretera
La carretera El cielo estaba empezando a oscurecer cuando vieron algo a lo lejos. Una figura encorvada, apenas visible entre las sombras del crepúsculo. Al acercarse, se dieron cuenta de que era un anciano, con la piel curtida por el tiempo y la ropa hecha jirones. Se apoyaba en un bastón que parecía que podía romperse con un soplo de viento.
—¿Quién anda ahí? —preguntó el anciano con voz quebrada, sin levantar la mirada. El hombre apretó la pistola, pero no la levantó. —Solo nosotros. ¿Estás solo? —Sí —respondió el anciano, tosiendo ligeramente. El niño lo observaba con una mezcla de curiosidad y compasión.
El hombre dudó, pero finalmente bajó la pistola. —Vamos a encender un fuego. Puedes quedarte mientras comemos.
El anciano asintió y los siguió, sus pasos lentos y temblorosos. Se sentaron bajo un grupo de árboles muertos, donde el hombre encendió una pequeña fogata con ramas secas y plástico derretido. Sacó una lata de frijoles, la abrió con cuidado y la calentó sobre las llamas.
Mientras comían, el anciano los observaba, sus ojos hundidos llenos de una tristeza insondable. —¿Creen en Dios? —preguntó de repente.