La carretera
La carretera —No mires. Vamos. —Pero, papá, ¿era alguien como nosotros? —No lo sé.
La carretera siguió estirándose frente a ellos, cada paso más pesado que el anterior. Una tormenta de ceniza comenzó a levantarse al mediodÃa, forzándolos a buscar refugio. Encontraron un edificio en ruinas, sus paredes cubiertas de hollÃn y grietas.
Dentro, el hombre revisó cada rincón. No habÃa comida, pero encontró una vieja manta que, aunque apestaba a humedad, era mejor que nada. Encendieron un fuego pequeño para calentarse, utilizando los restos de madera del lugar.
—¿Crees que la gente que vivÃa aquà era buena? —preguntó el niño mientras observaba las llamas. El hombre miró al fuego, sus pensamientos nublados por un cansancio que no era solo fÃsico. —No lo sé. Pero estaban aquÃ, como nosotros, intentando sobrevivir.
El niño asintió, como si eso fuera suficiente. Pero al hombre no se le escapaba el cambio en su mirada: el niño comenzaba a entender las verdades más duras de su mundo.
Esa noche, mientras el fuego se consumÃa lentamente, el hombre pensó en el futuro. SabÃa que su cuerpo no soportarÃa mucho más tiempo. El frÃo, el hambre y el miedo eran una combinación mortal. Pero el niño... el niño tenÃa que sobrevivir. El niño era el fuego.