La carretera
La carretera El niño se arrodilló junto a él, sus ojos llenos de lágrimas. —Tienes que descansar.
El hombre asintió, cerrando los ojos por un momento. Pero sabÃa la verdad: su cuerpo estaba cediendo. Miró al niño y tomó su pequeña mano.
—Escucha. Si algo me pasa, debes seguir. ¿Entiendes? —No. No voy a dejarte. —Tienes que hacerlo. Tienes que cuidar el fuego.
El niño lloró abiertamente ahora, pero el hombre lo abrazó, transmitiéndole la última reserva de fuerza que tenÃa. SabÃa que el viaje estaba llegando a su fin, pero también sabÃa que el niño debÃa continuar.
Esa noche, el hombre cerró los ojos con el peso del mundo sobre él.
El hombre no despertó al amanecer. Su respiración se habÃa vuelto débil durante la noche, y ahora era apenas un murmullo que se desvanecÃa en el aire frÃo. El niño estaba a su lado, sosteniendo su mano.
—Papá... —susurró.
Los ojos del hombre se abrieron lentamente. Su mirada era vidriosa, pero aún buscaba al niño. Con un esfuerzo monumental, logró hablar.
—Tienes que irte, hijo. No puedes quedarte aquÃ. —No. No voy a dejarte. —Debes... debes seguir. Lleva el fuego.
