La carretera
La carretera —Papá, ¿cuándo llegaremos? La voz del niño, un susurro cargado de frÃo y dudas, rompió el silencio. —Pronto —respondió él, aunque no sabÃa si esa palabra tenÃa algún sentido en este mundo.
Empujaron el carrito hacia la carretera, esa lÃnea rota que parecÃa extenderse hacia el infinito. El pavimento estaba cubierto de cenizas que se levantaban con el viento, formando figuras espectrales que danzaban a su alrededor. Cada paso era una decisión: seguir adelante o detenerse para siempre.
El hombre tenÃa un mapa, pero era inútil. Las ciudades marcadas ya no existÃan, devoradas por el fuego o el tiempo. Solo caminaban hacia el sur, buscando un calor que tal vez no existÃa. El frÃo mordÃa, cortante como una navaja, y el niño tosÃa con frecuencia. No habÃa nada que hacer más que caminar.
Un dÃa cualquiera encontraron un auto volcado al costado de la carretera. El hombre se detuvo, dejó el carrito y revisó el interior. Vidrios rotos, restos de sangre seca en el asiento. Nada útil. El niño lo miraba desde lejos, con los ojos abiertos como dos preguntas sin respuesta.
—¿Era alguien bueno? —preguntó el niño. El hombre tardó en responder. SabÃa que las palabras importaban más de lo que decÃan. —No lo sé. Pero ya no importa.
