La carretera
La carretera Siguieron caminando. El hombre miraba constantemente hacia atrás, utilizando el espejo retrovisor de motocicleta que había atado al carrito. El miedo era un compañero constante: cualquier sombra podía ser un enemigo. Y, sin embargo, temía más lo que vendría de frente, de ese futuro incierto al final de la carretera.
Por la noche, dormían bajo un plástico azul. El hombre mantenía la pistola a su alcance, siempre lista. El niño se acurrucaba a su lado, buscando el calor que las mantas no podían ofrecer. —¿Nos vamos a morir? —susurró el niño una noche. —No. No ahora.
Pero él sabía que era mentira. La muerte no era un enemigo lejano, era un susurro en su oído, un peso en sus huesos. El hombre miraba al niño y se repetía a sí mismo una sola frase: “Si él no es la palabra de Dios, Dios nunca habló” .
Con el amanecer gris y la ceniza cayendo como una lluvia muerta, volvían a la carretera. No había certezas, solo el acto de avanzar. El hombre sabía que el mundo no les daría tregua. Pero mientras el niño siguiera respirando, él seguiría caminando.