La carretera
La carretera Avanzaron durante dÃas. O semanas. El tiempo ya no existÃa, era un concepto arrastrado como el polvo sobre la carretera. A lo lejos, comenzaron a ver algo distinto: un caserÃo abandonado, reducido a esqueletos de madera ennegrecida. El hombre sintió el peso de la incertidumbre, pero el hambre pesaba más.
—Espera aquà —le dijo al niño. —No me dejes solo. —No tardaré.
El niño asintió con una mirada cargada de miedo. El hombre revisó el arma, comprobando las dos balas, y avanzó hacia las ruinas. Las puertas colgaban de las bisagras, gimiendo con el viento, y cada paso resonaba como un grito en el silencio. Encontró restos de muebles, herramientas oxidadas y papeles que el tiempo habÃa convertido en polvo. Nada útil.
En la última casa, un refrigerador oxidado yacÃa tumbado. Con esfuerzo, logró abrirlo. Dentro, un par de latas cubiertas de moho. Las inspeccionó: una era de fruta. La otra, sopa. Casi podÃa saborear el triunfo, pero se obligó a no bajar la guardia.
Cuando volvió con el niño, este lo recibió con una sonrisa débil, pero real. Abrieron la lata de fruta y compartieron el contenido en silencio. Cada bocado era un regalo, una breve conexión con un pasado que ya no les pertenecÃa.
