La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El soldado alto se dio la vuelta y, dando peligrosos bandazos, prosiguió su marcha. El muchacho y el soldado harapiento le siguieron a hurtadillas, como escarmentados, como si se sintieran incapaces de enfrentarse al herido en el caso de que éste volviera a increparles. Empezaron a intuir que asistían a una ceremonia solemne. Había algo ritual en los movimientos de aquel soldado condenado. Y algo en él recordaba al devoto de alguna religión enajenada que postulase el vampirismo, el retorcer de músculos, el quebrantar de huesos. Estaban sobrecogidos y atemorizados. Se mantenían a distancia, por si acaso tuviera a mano algún arma mortífera.
Por fin, le vieron detenerse y quedarse de pie, inmóvil. Avivaron el paso y en la expresión de su semblante percibieron que por fin había encontrado el lugar que tanto había buscado. Su figura enjuta permanecía erguida, sus manos ensangrentadas descansaban con calma a los lados del cuerpo. Estaba esperando pacientemente algo que había ido a buscar. Había acudido a una cita. Se detuvieron y se quedaron quietos, expectantes.
Reinaba el silencio.
Finalmente, el soldado condenado comenzó a aspirar y espirar con movimientos bruscos. Éstos fueron aumentando en violencia hasta que finalmente pareció esconder en su interior un animal salvaje que luchaba furiosamente por liberarse.