La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Aquel espectáculo de asfixia gradual provocó el estremecimiento del joven y, cuando su amigo puso ojos en blanco, vio algo en ellos que le hizo caer al suelo gimiendo. Elevó la voz en una última llamada extrema:
—Jim… Jim… Jim…
El soldado alto abrió los labios y habló, haciendo un gesto:
—Déjame… No me toques… Déjame…
Se hizo de nuevo el silencio.
De pronto su figura se agarrotó y se puso rÃgida. Luego se agitó en un prolongado escalofrÃo. Miró fijamente al infinito. Los dos observadores advirtieron una profunda y peculiar dignidad en las lÃneas firmes de su terrible rostro.
Le invadÃa lentamente una enajenación progresiva. Por un momento, el temblor de sus piernas le hizo bailar como al son de una siniestra chirimÃa. Batió salvajemente los brazos alrededor de la cabeza, en expresión de malvado entusiasmo.
Su alta figura se irguió cuan larga era. Se oyó un tenue sonido de desgarro. Entonces comenzó a caer hacia delante, despacio y erguido, como un árbol que se desploma. Una rápida contorsión muscular hizo que el hombro izquierdo golpease antes el suelo.
El cuerpo pareció rebotar ligeramente sobre la tierra.