La roja insignia del valor
La roja insignia del valor SE DIO CUENTA de que iba en aumento el caluroso fragor de la batalla. Delante de él, enormes nubes procedentes de las explosiones flotaban en el quedo aire de las alturas. El ruido se acercaba también. De los bosques surgían hombres, como pequeños puntos que salpicaban los campos.
Tras rodear un otero, pudo ver que la carretera era ahora una masa quejumbrosa de carretas, caballerías y soldados. Desde el palpitante alboroto se alzaban exhortaciones, órdenes e imprecaciones. El temor recorría la escena. Las fustas crepitantes restallaban; y los caballos se encabritaban y tiraban hacia delante. Como ovejas rollizas, las carretas de capota blanca avanzaban trabajosamente, a trompicones.
El joven experimentó cierto consuelo ante aquella visión. Todos se retiraban. Al fin y al cabo, tal vez él no era tan malo. Se sentó y observó las carretas sacudidas por el miedo. Discurrían como animales torpes y débiles. Los gritos y fustigazos le ayudaban a magnificar los peligros y los horrores de la batalla y, con ello, trataba de probarse a sí mismo que aquello de lo que los hombres podían acusarle había sido en realidad un acto simétrico. Sintió cierto placer al contemplar el paso de aquella comitiva enloquecida que lo reivindicaba.