La roja insignia del valor
La roja insignia del valor En ese momento apareció en la carretera la vanguardia serena de una columna de infantería que marchaba hacia el frente. Avanzaba rápidamente. Evitaba los obstáculos con movimientos sinuosos de serpiente. Los hombres en cabeza golpeaban a las mulas con las culatas de sus fusiles. Apartaban a los tronquistas a empellones, indiferentes a cualquier queja. Se abrían paso a la fuerza entre la densa muchedumbre. La insensible cabeza de la columna empujaba, mientras los airados transportistas gritaban extrañas maldiciones.
Las voces que pedían paso traían el eco de los grandes acontecimientos. Esos hombres avanzaban hacia el corazón del conflicto. Iban a repeler el avance furioso del enemigo. Mientras el resto del ejército trataba de replegarse carretera abajo, ellos se sentían orgullosos de marchar hacia delante. Provocaban el desplome de los tiros de caballerías con la absoluta convicción de que nada importaba salvo que la columna llegase a tiempo al frente. Aquel sentimiento de la propia importancia daba a sus rostros un aire grave y severo y provocaba rigidez en las espaldas de los oficiales.