La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Al contemplar a aquellos hombres, el muchacho sintió de nuevo el negro peso de la desolación. Le pareció que estaba frente a una procesión de seres elegidos. Eran tan diferentes a él como lo serían si marchasen con armas flamígeras y banderas de rayos de sol. Nunca podría ser como ellos. Ante esta sensación sintió ganas de llorar.
Buscó en su mente una maldición adecuada para definir la oscura causa de su desdicha, aquello que los hombres señalan como el origen primero de sus culpas. Fuese lo que fuese, sólo eso era responsable de lo que le ocurría. Ahí —se dijo— radicaba su problema.
La prisa de la columna por alcanzar el frente le pareció al desesperado muchacho mucho más admirable que la propia batalla, tan dura. Los héroes, pensó, podrían encontrar excusas en aquella bulliciosa carretera. Podrían retirarse con perfecta dignidad y pedir disculpas a las estrellas.