La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Se preguntó qué habrían ingerido esos hombres para forzar su camino hacia una muerte casi segura. Mientras los miraba, aumentó su envidia y deseó intercambiar su vida con la de alguno de ellos. Le hubiese gustado emplear una fuerza tremenda, se dijo, para deshacerse de sí mismo y transformarse en alguien mejor. Se le representaron rápidas imágenes de sí mismo visto desde fuera: una figura azul encabezando violentas cargas con una rodilla adelantada y blandiendo en alto una espada rota. Una figura azul e intrépida, frente a un asalto acerado y ardiente, muriendo lentamente en un lugar elevado ante los ojos de todos. Pensó en el magnífico patetismo de su cuerpo sin vida.
Aquellos pensamientos le exaltaron. Sintió el escalofrío del deseo de guerra. Resonó en sus oídos el sonido de la victoria. Conoció el frenesí de un ataque rápido y triunfante. La música de las pisadas, las voces duras, la estridencia de las armas de la columna cercana le hicieron volar con las rojas alas de la guerra. Por unos instantes se sintió sublime.
Pensó que estaba a punto de partir hacia el frente. Se vio cubierto de polvo, demacrado, jadeando, volando hacia el frente en el momento justo de detener y terminar con el fantasma oscuro y negro de la calamidad.
Entonces comenzaron a pesar sobre su ánimo las dificultades de la empresa. Se quedó vacilante, balanceándose torpemente sobre uno de los pies.