La roja insignia del valor
La roja insignia del valor No disponía de rifle; no podía luchar con las manos, arguyó, resentido contra su plan. Bueno, los rifles podían conseguirse, sólo tendría que recoger uno. Eran extraordinariamente abundantes.
Además, se dijo, haría falta un milagro para encontrar su regimiento.
Comenzó a avanzar despacio. Caminaba como si temiera tropezar con algún objeto explosivo. Se debatía en un mar de dudas.
Si alguno de sus camaradas le viese regresar con ese semblante, con las huellas de su espantada a la vista, le tratarían como a un auténtico gusano. A esto se respondió que a los guerreros de primera línea les daba igual lo que ocurría en la retaguardia, salvo que apareciesen desde allí las bayonetas enemigas. En la confusión de la batalla su rostro de alguna manera estaría oculto, como el de un encapuchado.
Pero luego se dijo que, cuando el conflicto se calmara un instante, su incansable destino haría que alguien le pidiera explicaciones. Imaginó a sus compañeros escrutándole, mientras él realizaba penosos esfuerzos por urdir una mentira. Finalmente su valentía se agotó con aquellas objeciones. Tantas consideraciones apagaron su ardor.