La roja insignia del valor

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Con tantas emociones zarandeándole, no había sido consciente de aquellos padecimientos. Ahora lo acosaban violentamente. Se vio obligado a prestarles atención, lo que multiplicó el odio que sentía hacia sí mismo. Desesperado, concluyó que no era como los demás. Admitió que jamás sería un héroe, era imposible. Se sintió un necio cobarde. Esas imágenes de gloria resultaban algo lastimoso. Gimió desde lo más profundo de su corazón y siguió su camino, tambaleándose.

Cierta inclinación interior, como la que siente una polilla ante la luz, logró que se mantuviera cerca de la batalla. Sentía un gran deseo de ver, de estar informado. Quería saber quién iba ganando.

Pensó que, a pesar de su inaudito sufrimiento, nunca había perdido su afán de victoria. Aunque no podía dejar de reconocer —se dijo, como excusándose con su conciencia— que una derrota del ejército podía acarrear muchas ventajas para él. Las arremetidas del enemigo harían pedazos a los regimientos. Así, muchos valientes, reflexionó, se verían obligados a desertar de sus colores y huir como gallinas. Él aparecería como uno de tantos. Todos se hermanarían en la desgracia y, entonces, le resultaría fácil creer que no había corrido ni más lejos ni más rápido que los demás. Y si él era capaz de convencerse de su virtud intachable, no tendría problemas para persuadir de ello a los demás.


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