La roja insignia del valor
La roja insignia del valor »No sé qué más decirte, Henry, excepto que nunca te achantes por mí, hijo. Si llega el momento en el que tienes que elegir entre morir o hacer algo mezquino, piensa sólo en hacer lo correcto; porque hay muchas mujeres que tienen que soportar cosas así en estos tiempos; y el Señor cuidará de todas nosotras.
»No te olvides de los calcetines y las camisas, hijo, y te he puesto un tarro de mermelada de mora en el fardo, porque sé que es lo que más te gusta. Adiós, Henry. Ten cuidado y pórtate bien.
Por supuesto, él se mostró impaciente ante el sermón. No había sido lo que esperaba, y lo había soportado con un aire de irritación. Se marchó experimentando un vago alivio.
Cuando miró hacia atrás desde la verja, vio a su madre todavía arrodillada sobre las mondas de patata. Su cara curtida, erguida, estaba empapada en lágrimas; y su enjuta figura, trémula. Él bajó la cabeza y continuó su camino, sintiéndose de repente avergonzado de sus planes.