La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Después, mientras tanteaban el terreno, el muchacho tuvo la impresión de que el hombre de la voz jovial llevaba una especie de barita mágica. Se abría paso por los laberintos enrevesados del bosque con sorprendente pericia. En sus encuentros con centinelas y patrullas mostraba la astucia del mejor espía y el valor de un golfillo callejero. Los obstáculos caían a su paso para servirle de ayuda. El chico, aún con la barbilla hundida en el pecho, se mantenía a su lado, aturdido, mientras su compañero abría camino y sacaba partido de obstáculos imposibles.
El bosque parecía un vasto enjambre de personas zumbando de un lado para otro en frenéticos círculos, pero el hombre alegre le guió con paso decidido hasta que de repente comenzó a reír con júbilo, satisfecho de sí mismo.
—Ahí está por fin. ¿Ves ese fuego?
El joven asintió con aire estúpido.
—Bueno, ahí está tu regimiento. Así que adiós, muchacho. Buena suerte.
Una mano caliente y fuerte apretó por un instante los dedos lánguidos del muchacho, y luego oyó el silbido alegre y desenfadado del hombre mientras se alejaba a grandes pasos. Y así, mientras el tipo que tanto le había ayudado salía de su vida, de pronto se dio cuenta de que no le había mirado a la cara ni una sola vez.