La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —¿Eres tú, Henry?
—SÃ, soy yo… Soy yo.
—Vaya, vaya, viejo amigo —dijo el otro—. Por todos los santos, me alegro de verte. Te daba por muerto. Estaba totalmente seguro de que habÃas muerto.
En su voz resonaba una emoción ronca.
El joven descubrió que apenas podÃa mantenerse de pie. Sus fuerzas se habÃan desvanecido de pronto. Pensó que debÃa darse prisa en urdir una historia para protegerse de los alfilerazos que sus camaradas tendrÃan ya en la punta de la lengua. Asà que, tartamudeando ante el soldado chillón, empezó a decir:
—SÃ, sÃ. Lo he… Lo he pasado muy mal. He estado por todas partes. Por allÃ, hacia la derecha. Hubo una batalla terrible. Lo pasé fatal. Me perdà del regimiento. Allá, hacia la derecha, me dispararon. En la cabeza. En la vida habÃa visto una batalla igual. Terrible. No sé cómo pude perderme del regimiento. Además me alcanzó un disparo.
Rápidamente, su amigo se acercó a él.
—¿Qué? ¿Te han disparado? ¿Por qué no lo has dicho desde el principio? Pobre muchacho, tenemos que… Espera un momento, pero ¿qué estoy haciendo? Voy a llamar a Simpson.
En ese momento otra figura surgió de la penumbra. Se percataron de que era el cabo.