La roja insignia del valor
La roja insignia del valor A su alrededor se encontraban los grupos e hileras de hombres que entrevió en la oscuridad el día anterior. Apuraban el último sueño antes de despertar. Las facciones adustas y preocupadas y las figuras mugrientas se volvían nítidas bajo la extraña luz del amanecer que, no obstante, también teñía la piel de los hombres de un tono cadavérico y provocaba que las extremidades, embarulladas, pareciesen sin vida, exánimes. El joven se levantó de un brinco y lanzó un pequeño grito cuando sus ojos recorrieron por primera vez esa masa de hombres esparcidos por el suelo, pálidos y en insólitas posturas. Su mente perturbada concibió aquel rincón del bosque como un osario. Por un momento creyó que se encontraba en la casa de los muertos y no se atrevió a moverse, por miedo a que los cadáveres se levantasen de un brinco para gruñir y gritarle. Sin embargo, recuperó el sentido en un segundo. Se dedicó una profusa maldición. Y se dio cuenta de que aquella imagen sombría no era un hecho del presente, sino una mera profecía.
Escuchó entonces el ruido de un fuego que crepitaba brioso en el aire frío y, al volver la cabeza, descubrió a su amigo atareado en torno a una pequeña hoguera. Algunas figuras más se movían en la niebla y oía los fuertes chasquidos de los hachazos.