La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Se oyó de pronto un redoble sordo de tambores. Sonó débilmente una corneta lejana. Sonidos similares, que diferían en intensidad, llegaban de cerca y de lejos del bosque. Las cornetas se llamaban unas a otras como altivos gallos de pelea. Cercanos, los tambores del regimiento retumbaban con estruendo.
El grueso de los hombres acampados en el bosque volvía a la vida. Las cabezas se alzaban una tras otra. Un rumor de voces se elevó en el aire. Predominaba el tono bajo de las blasfemias y las quejas. En esas maldiciones se invocaban extraños dioses a quienes se culpaba de los madrugones a los que obligaba la guerra convencional. Resonó la imperiosa voz de tenor de un oficial que aceleró los envarados movimientos de los hombres. El lío de extremidades se desenredó. Los rostros de tono cadavérico se escondieron tras los puños que frotaban perezosamente las cuencas de los ojos.
El joven se sentó y dejó escapar un prolongado bostezo.
—¡Demonios! —exclamó con mal humor.
Se restregó los ojos y luego levantó la mano para palpar con cuidado el vendaje de su herida. Su amigo, al ver que se había despertado, se acercó desde la hoguera.
—Bueno, Henry, viejo amigo, ¿cómo te sientes esta mañana? —preguntó.