La roja insignia del valor

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El joven bostezó de nuevo y frunció ligeramente la boca. Tenía la impresión de que su cabeza era como un melón y una desagradable sensación en el estómago.

—Oh, Dios, me siento bastante mal —dijo.

—¡Demonios! —exclamó el otro—. Pensé que te encontrarías mucho mejor esta mañana. Veamos ese vendaje… Supongo que se te habrá soltado.

Se puso a palpar la herida con mucha torpeza hasta que el muchacho no lo soportó más.

—¡Maldita sea! —dijo con gran irritación— eres el tipo más manazas que he conocido nunca. Llevas manoplas ¿o qué? ¿Por qué no pones más cuidado, por amor de Dios? Casi preferiría que me golpeases la cabeza con el fusil. Ve despacio y no como si estuvieses clavando al suelo una moqueta.

Miraba a su amigo con aire de insolente autoridad, pero éste reaccionó con dulzura.

—Bueno, bueno, vamos, come algo —le dijo—, puede que entonces te sientas mejor.

Al lado de la hoguera, el joven soldado gritón atendía las necesidades de su amigo con ternura y cuidado. Estaba muy atareado en reunir las vagabundas tacitas negras de hojalata para servir en ellas la mezcla de color ferroso que vertía desde un pequeño y tiznado cubo de hojalata. Tomó un poco de carne fresca que asó apresuradamente con un palo. Entonces se sentó y contempló con alegría el apetito del muchacho.


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